Ducournau se la juega hablando de decadencias corpóreas en un metraje denso, de tosca progresión. Fea, sucia, hedionda. Parece diseñada para infectar a quien se la chute por vía intravenosa. Y por eso la celebro. La fascinación por el cuerpo cambiante sigue presente, pero en esta ocasión, Ducournau se atreve también a hilvanar la temporalidad fragmentándola en dos líneas paralelas pero lejanas entre sí. Su fusión va unida al color, más cercano al del virus que persigue a sus protagonistas, y que poco a poco les va decolorando también el ser (fascinante la forma física que se tiene de representar la enfermedad).
Salía pensando en lo mucho que parece la gemela (feísta) de «Romería» de Carla Simón, con la que comparte los puntos centrales de ambas obras: pulsiones espectrales, declives físicos e indultos consanguíneos. Son espejos hermanados y enfrentados entre sí. La gente la va a detestar (y parte de ello será por culpa de la titánica Titane, radical destrucción del cuerpo para construcción del alma), pero me gusta ver como Ducournau es capaz de reducir el exceso a la mínima expresión, refinando su propuesta hasta convertirla en algo tan humanamente quebradizo que duele en los huesos, algo que nadie esperaba de ella.
La cinta retrata el miedo como si fuera una enfermedad. No el miedo al virus, sino el miedo al otro. Alpha, la protagonista, nunca está realmente «enferma» en pantalla: son las miradas, los susurros y los gestos de rechazo los que la contagian. Eso es lo que verdaderamente la deshumaniza. La carne se endurece, el cuerpo se convierte en una estatua, y entonces entiendes que no se trata solo de un recurso fantástico: es la traducción de un rechazo social, de una sociedad que prefiere convertir a los vivos en piedra antes que enfrentarse a su sufrimiento.
Lo que le da fuerza a la película es su contexto magrebí. Las palabras de la madre y sus historias sobre maldiciones resuenan como cicatrices culturales. Hablan del peso de las creencias, pero también del trauma que se transmite de generación en generación, una idea que la directora suele explorar en su cine. No es solo Alpha quien carga con el estigma, sino toda una familia marcada por la sombra de Amin, el tío seropositivo. Como si la enfermedad, la vergüenza y el dolor se heredaran con la misma certeza que la sangre. Y resulta especialmente significativo que el sida —o cualquier otro nombre que pudiera darse a esa enfermedad— nunca se mencione de forma explícita, como si el silencio pesara más que la propia palabra.
Las jeringuillas, los fluidos corporales y el contagio se convierten en imágenes obsesivas que sitúan a «Alpha» en un territorio que no solo es distópico, sino también histórico, profundamente arraigado a la memoria colectiva. En este sentido, Julia Ducournau no se limita a presentar un relato apocalíptico, sino que construye una auténtica historia de fantasmas: los fantasmas de las epidemias del pasado, de los estigmas sociales y de unos cuerpos que han aprendido a convivir con la amenaza de la disolución. Se trata, ante todo, de una película sobre los cuerpos: cuerpos que cambian, que se resquebrajan, que se abandonan.
Ficha Técnica
Título original: Alpha
Año: 2025
Dirección: Julia Ducournau
Reparto:
Golshifteh Farahani, Tahar Rahim,
Melissa Boros…
La banda sonora intensifica esa sensación de querer escapar de una contaminación invisible. La película se abre con Roads, de Portishead, y desde ese primer instante marca el tono: un lamento, una melodía que se te queda pegada a la piel. La música regresa como un latido extraño; no acompaña a las imágenes, las incomoda. Impone una atmósfera en la que nada puede resultar neutral. Es, en ese sentido, un reflejo perfecto de una película invasiva, imposible de ignorar.
Y luego está ese final, que no busca cerrar la historia, sino dejarla suspendida. No ofrece respuestas ni moralejas, solo una imagen que te obliga a permanecer sentado, como si tú también te hubieras quedado petrificado. El cine de Ducournau no pretende aliviar ni ofrecer consuelo; deja una huella. Y cuando se encienden las luces de la sala, descubres que no solo has visto Alpha: te la has llevado contigo. Como una marca. Como una cicatriz.
Perderé varias amistades por ello, pero pienso defender Alpha hasta que me sangren los puños.