Ayer se cumplía el primer tercio de festival, y aunque ya he visto un par de películas que me han volado la cabeza, aún seguía a la espera de que llegase ese trabajo que trascendiese todo lo visto anteriormente y me recordase por qué me hace tan feliz acudir a este tipo de certámenes todos los años. Y, finalmente, ese momento llegó. Y lo hizo de la mano de Andrea Arnold y su «Bird», un alegato sobre juventudes empobrecidas que buscan emanciparse de su estrato social a base de una manifestación magico-realista en forma de ser mutacional. El último trabajo de la cineasta británica, se enfanga y adentra más que nunca en los barrios marginales de su país para mostrar una realidad juvenil cada vez más deprimente e insostenible. Bailey, una pequeña de 12 años que vive junto a su padre Bug y su hermano Hunter en una casa ocupada al norte de Kent, decide que, harta de un padre que les desatiende y de una madre que decidió abandonarla cuando apenas era un moco, es hora de poner rumbo hacia la libertad que hace años le pertenece.
Es entonces como si una armonización se armase de repente y crease un universo espectral donde el despliegue formal de ideas y pensamientos de la joven tomasen forma y el resto del plano terrenal quedase pausado a expensas de sus decisiones. El mal lleva interponiéndose en su camino en forma pirámide social que se resquebraja más a cada minuto que pasa, precipitándose sobre ella a un ritmo vertiginoso. Es por ello que, esa extraña figura que se ha aparecido ante ella por sorpresa (el peculiar rostro de Franz Rogowski es absolutamente perfecto para ello) es la única esperanza que le queda para poder empezar a cambiar las cosas. Empujada a ayudarle pese a su extraño comportamiento, Bailey irá cerrando poco a poco las heridas que llevan supurando desde hace tiempo a su (cada vez más) fugaz existencia. Y a ritmo de Blur, The Verve, Fontaines, Coldplay, etc… (la BSO es una cosa de no creérselo), Bailey encontrará la manera de que las cosas vuelvan su cauce, aunque lo hagan sin grandes aspavientos ni esplendores. Seguir viviendo como hasta ahora, pero un poquito mejor.
No estaríamos hablando de un festival de San Sebastián en condiciones si no fuese por la película polémica de turno que pone al certamen patas arriba y genera protestas solicitando su retirada de la Sección Oficial. En este caso, le ha tocado el turno a la última no-ficción de Albert Serra, el polémico y provocador cineasta catalán, que ha querido retratar (él dice, sin ideologías previas de por medio), un tema candente y bastante complicado: la tauromaquia. Si bien este «documental» sigue de cerca las últimas corridas del torero Andrés Roca Rey y su entorno más cercano, la propia exploración de ese «arte» no lo glorifica en absoluto, sino todo lo contrario, poniendo en el centro de la balanza el ridículo estamento de la hombría como carta comodín para el asesinato lento y ensañado de un animal frente a un coliseo de fascistas y pijoteros de clase alta. O andaluces, pero esos quizás por más falta de luces que por otra cosa.
La cámara de Serra jamás se aparta del horror, nunca desenfoca la mirada del animal desangrado respirando su último aliento, y es por ello que, independientemente de lo que cada uno pueda pensar acerca del proyecto, el atrevimiento del mismo es total y absoluto. Las imágenes que se crean a través del oficio del toreo son a veces de un magnetismo hipnótico, pero en otras ocasiones duelen, son oscuras, permanecen en el párpado a pesar de nuestra reticencia a almacenarlas. El único problema al que se enfrenta «Tardes de soledad» es al de una reiteración que perfectamente podría recortarse y que acaba por retozarse más y más hondo en el sufrimiento animal, algo que difícilmente sea bien recibido por aquellos que intentan encontrar la luminosidad en su planteamiento equidistante. No sabría decir si la he disfrutado o no, pero lo que sí tengo claro es que no me ha dejado indiferente, y ese es el mayor piropo que se podría llevar una película a concurso.
Ficha Técnica
Título original: Bird
Año: 2024
Dirección: Andrea Arnold
Reparto: Nykiya Adams, Barry Keoghan,
Franz Rogowski, Jasmine Jobson…
Terminamos la jornada con una de las películas más esperadas de la edición, el último pelotazo de Sean Baker (‘Tangerine’, ‘The Florida Project’, ‘Red Rocket’) que se llevó la Palma de Oro en Cannes: Anora. Baker vuelve a pulir y perfeccionar su arte retratista de lo suburbial, esta vez siguiendo los pasos de una escort de lujo (Ani, o Anora, su nombre completo) que acaba enamorándose de uno de sus clientes: Vanya, el hijo billonario de un oligarca ruso. Ambos empiezan a pasar tiempo juntos mientras derrochan dinero a raudales, y en un inesperado arrojo de locura, deciden casarse in extremis en Las Vegas. Los problemas llegan cuando los padres de Vanya se enteran del enlace de su hijo con un «prostituta». Sin pensarlo dos veces, mandan a la mansión a un par de gorilas para arreglar la situación. Es en ese instante cuando la cinta pisa el acelerador y ya no lo suelta en ningún momento, constituyendo un frenético estilo que se acerca muchísimo al cine de los hermanos Safdie (‘Uncut Gems’).
Es curioso como, siendo Baker un tipo que disfruta zarandeando a sus conejillos de indias sin remordimiento alguno, incluso para destapar sus defectos y atrocidades, encuentra en Anora al personaje más luminoso dentro de su filmografía. No sé si «Anora» será su mejor película, pero desde luego es la más desacomplejada y divertida de todas. Todo el reparto está entragadísimo a la causa, empezando por una Mikey Madison absolutamente colosal (ya lo estaba en OUATIH y Scream 5, me alegra que esto la vaya a hacer despegar del todo) y siguiendo por un entorno coral formado por tres sicarios absolutamente desternillantes (especial mención al Toros de Karren Karagulian, el personaje más divertido del año, y al Igor de Yura Borisov, un personaje increíble que lo cambia todo). La película ya es de por si una bestialidad, pero es su escena final la que la eleva a una de las grandes cintas contemporáneas de nuestro tiempo. Sus últimos dos minutos desarman por completo y recuerdan el porque no hay nadie que actualmente sepa retratar tan bien a la gente solitaria y herida como lo hace Baker. Ojalá se lleve Perlak.