#73SSIFF (V): Historias del Buen Valle, Die My Love, Frankenstein...

Por DAVID POLO

Septiembre 27, 2025.

Era mi película más esperada del festival, y desde luego, tenía bien garantizada esa reputación. José Luis Guerin volvía a ponerse tras las cámaras después de un largo periodo de diez años sin hacerlo, y lo hacía recuperando el formato documental. En este caso, siguiendo las vidas de los habitantes del barrio barcelonés de Vallbona, cada vez más desplazado y excluido a causa de la modificaciones urbanísticas que se están realizando sobre sus terrenos. Guerin actuará como un mero guía para introducirnos a esos rostros a los que perseguiremos durante la siguiente hora y media hablando sobre sueños de pasado, presente y futuro. No solo el personal, sino también el del propio barrio. El documental arrancará con una serie de entrevistas en formato corto (¡con un humor super orgánicamente integrado!) pero pronto dejará respirar a sus protagonistas, relegándoles a que nos encaminen por un recorrido suburbial de las entrañas en destrucción de un barrio que se mantiene unido pese a los intentos políticos de ir borrándolo poco a poco del mapa. «Historias del Buen Valle» es el documental más osado y afectuoso de los últimos tiempos y, probablemente, también sea la mejor película del año. 

Entre el entrañable y curioso plantel de vecinos que conforman a la comunidad de Vallbona nos encontramos a una deslenguada y divertida residente brasileña y a su marido, un hombre con claros inicios de demencia. Ellos son solo la punta de una pirámide conformada por gente que tuvo que ser expulsada a las afueras del núcleo barcelonés (puta gentrificación), y encontró en el barrio el propósito de seguir adelante. Ellos serán los responsables de ir llenando todos los espacios que conforman la periferia de los terrenos abandonados del valle. Puede que la atmósfera del mismo parezca vacante, deshabitada, pero nada más lejos de la realidad. La naturaleza como agente reunificador, el agua del río (que atraviese Vallbona como una cicatriz) purificando el malestar. No es casualidad que el documental cierre con una fiesta bajo el puente, en el riachuelo que hay entre rocas, y al que llegan después de una tensa reunión con los promotores urbanísticos del lugar. Uno de los críos lo deja bien claro: «No quiero que cambien tanto el barrio. A mí me gustaba tal y como era». Y es que Vallbona nunca ha cambiado, ni lo hará. Y las colchonetas seguirán flotando por el caudal del río. 

No hay una sola alma que no se haya hecho eco de las declaraciones de Jennifer Lawrence acerca del genocidio en Palestina durante la jornada en la que recibió el Premio Donostia a toda su trayectoria siendo, con 35 años, la persona más joven de la historia en recibirlo. Se generó cierto revuelo a causa de la negativa del equipo de Lawrence (y parece que del festival también) a realizar preguntas sobre el conflicto palestino en la rueda de prensa de la actriz, algo que terminó por no formalizarse gracias a la valentía de varios compañeros de profesión, que alzaron la voz pese a haber sido previamente silenciados. Para redondear el asunto, la actriz presentaba «Die, My Love», la nueva película de Lynne Ramsay, financiada por Mubi, una plataforma de streaming vinculada al fondo de inversión Sequoia Capital, que respalda a varias empresas israelíes de tecnología militar. Teniendo en cuenta todo ese cóctel explosivo, casi que la nueva propuesta kamikaze y salvaje de Ramsay quedaba en un segundo plano. Una lástima, ya que se trata de una de las cintas más atrevidas y radicales de todo el certamen. En ella, una pareja recién mudada a la casa de campo de la familia de él, y tras el embarazo y parto de ella, deberán lidiar con la nueva situación parental que ha fracturado por completo el amor indómito que les unía. 

Ramsay es experta en despiezar al ser humano hasta sus huesos más roídos, pero siempre ha estado más interesada en hacerlo a través de la exploración del cuerpo mortal, perecedero y efímero. Son los propios cuerpos los que serán utilizados como armas de destrucción masiva, simples receptáculos dispuestos para el abuso de sus formas, para el agasajo de sus hechuras.  Tiernos, blandos, débiles. Carne y sangre, nada más. Los espacios que los albergan también irán de la mano de ellos: sucios, desordenados y mugrientos cuando el amor es bravío, puro e indomesticable. Limpios, pulcros y ordenados cuando ya no queda nada que exprimir entre ellos, cuando la cotidianidad les ha arrasado hasta obligarles a lanzarse de nuevo a las llamas del averno. Qué valentía la de Jennifer Lawrence y Robert Pattinson por no acomodarse en la complacencia, por ir siempre un paso más allá, física y mentalmente, por entregarse en cuerpo y alma a un proyecto tan destructivo e indomable. «Die, My Love» sea quizás el trabajo más complejo e indescifrable de la directora escocesa, pero ya estoy deseando regresar a él de nuevo.

Ficha Técnica

Título original: Die, My Love

Año: 2025

Dirección: Lynne Ramsay

Reparto: Jennifer Lawrence,

Robert Pattinson, Sissy Spacek,

Nick Nolte…

Este año, la película sorpresa no le pillaba por sorpresa a nadie. Rebordinos dio un par de pistas antes del pistoletazo de salida del festival que ya hicieron posar las miradas en la «Frankenstein» de Guillermo del Toro. Una propuesta que no lo tenía muy complicado para mejorar el abanico de películas sorpresa anteriores (Joker 2, The Killer, Blonde…) y que, aún así, dejó con un regustillo amargo a la gran mayoría de público que ayer abandonaba el Principal. Se trata de la revisión más libérrima de la famosa novela de Mary Shelley, a manos de un Del Toro completamente enamorado y rendido al material base, pero queriendo expandirlo hacia su terreno lovecraftiano. Para quien no sea conocedor de la historia (algo que me parecería bien extraño): un joven científico ambicioso, Victor Frankenstein,  empieza a crear a un ser vivo a partir de cadáveres y material orgánico, pero termina horrorizado por su propia creación y decide abandonar al «monstruo» a su suerte.

Es complicado hablar de ella sin entrar en detalles que pudiesen arruinar la experiencia (una que busca alejarse del terror para adentrarse en un romanticismo humanístico y lírico), pero lo que sí es evidente es que se trata de una adaptación de Frankenstein tremendamente irregular. Es una película corrompida por su imprecisión. Cuando enternece al ‘monstruo’ y naturaliza el entorno (básicamente, el segundo acto), la cinta crece sin esfuerzos. Cuando naufraga en la horrenda digitalización de sus imágenes, pierde por completo cualquier encanto remanente. Es ciertamente loable la intención de Del Toro por despojar al relato de misticismos y temores y dotarlo de emoción y afecto, y ojo, hay instantes en que realmente lo consigue (esa hoja otoñal como símbolo de apego…), pero el CGI termina por soterrar todo esfuerzo emocional. Por suerte, la música de Desplat agiganta el empaque final, igual que la espléndida interpretación de Jacob Elordi.