La película encargada de abrir cada nueva edición del SSIFF (Festival Internacional de Cine de San Sebastián) siempre acarrea consigo una carga que determinará si el resto de la jornada, y por ende, del certamen, seguirá una ruta con más aciertos que baches o viceversa. No es casualidad que el año pasado la elegida fuese «Emilia Pérez», probablemente el film más polarizante de los últimos años recientes. Para algunos, el #72SSIFF debió ser una edición impecable, mientras que otros pueden pensar exactamente todo lo contrario. Yo soy del primer grupo, y si me sigo basando en esta teoría, se nos avecina una edición absolutamente inmensa. Y es que «Bad Apples», segundo largometraje de Jonatan Etzler, ha logrado dar el pistoletazo de salida más juguetón y alocado de un festival que con cada año que pasa se va desligando más y más de esa etiqueta de elegancia y mesura (imposible pasar por alto aquel icónico pase nocturno de «La sustancia» a las 23:00h de la primera jornada de festival del año anterior).
En «Bad Apples», Maria (una Saoirse Ronan más emblemática y disparatada que nunca), maestra de primaria desilusionada, deberá tomar una decisión irreversible para frenarle los pies a uno de sus alumnos: Danny, un chico problemático y con claros problemas de agresividad que ha terminado por convertirse en la ‘manzana podrida’ de clase. Etzler teje una sátira mordaz (que realmente alcanza todo su potencial en el tercer acto, despojándose de cualquier tipo de moralidad remanente) que, pese a no estar exenta de cierto desparrame conceptual, como bien atestigua su irregular primer acto, sabe encubrirse en un salvaje encuadre social que evidencia el interminable flujo de egoísmo y codicia que nos identifica como seres humanos imperfectos. ¿Quién es la manzana podrida dentro de las capas de refugio del fruto? ¿Es peor quien comete un vil acto, quien lo encubre o quien lo alienta a seguir perpetrándose? Este es sin duda un film que despierta reacciones (en el Melià de Sitges hubiese sido una auténtica gozadera), y sirve de suplemento adrenalínico para hacer despegar a un festival entero. Ya pueden ponerse las pilas el resto de propuestas de «New Directors» para arrebatarle el premio de la juventud a esta inauguración.
«Nouvelle Vague» llegaba laureada al festival tras su paso por Cannes, donde se la definió como un preciso e impecable homenaje a una de las figuras más influyentes de la historia del cine: Jean-Luc Godard. Linklater decidía hacer uso del mismo estilo cinematográfico que dio lugar al movimiento vanguardista que labró el camino a todos los que llegaron después. Si bien es cierto que la pasión de Linklater por el cineasta y lo que representó su manera de hacer cine son altamente palpables (hasta los actores escogidos se parecen a sus figuras reales de manera casi aterradora), no es una película que me haya dejado del todo embelesado, ya sea por mi alienación general con el movimiento de la nouvelle vague en sí, o por el esnobismo que muchas veces rezumaba de aquellos que lo encumbraban por encima del propio arte de hacer cine de la manera en que uno eligiese. Nunca pude evitar pensar en que esa libertad que se proclamaba desde dentro, no dejaba de ser otro método lacrado de dirección que se camufabla entre estetismos frescos y naturales.
Sin embargo, donde la película realmente me enamora es en esa traslación testamentaria de un cine que cambió el transcurso de su propia creación. Quizás sea por eso que la «Nouvelle Vague» de Linklater se me antoje como un simpatiquísimo guiño a un tipo de cine rebelde y sin rumbo, plagado de ególatras con un peculiar sentido del humor que afrontaban el oficio desde un lugar de absoluta idiosincrasia. Es más que probable que, ni siquiera esta pieza prácticamente documental está pensada para ser analizada y diseccionada en profundidad, sino que únicamente exista como un capricho personal e íntimo que ha decidido ser lanzado al mundo en lugar de quedarse en el cajón de un sótano repleto de pilas y pilas de papeles sobre la historia del cine. Y me parece precioso que quien lo haya lanzado al aire, sea el cineasta más comprometido con el paso del tiempo en el celular.
Ficha Técnica
Título original: Nouvelle Vague
Año: 2025
Dirección: Richard Linklater
Reparto: Zoey Deutch, Guillaume Marbeck,
Aubry Dullin…
Aunque realmente, la película que me ha hecho click en esta primera jornada de festival, no es otra que «La tarta del presidente», el largometraje de Hasan Hadi que también sacudió Cannes hace unos meses. Lamia (una impecable Baneen Ahmad Nayyef), que vive con su abuela Bibi en una comunidad pantanosa iraquí, recibe por sorteo el encargo de preparar un pastel para su clase en honor a la celebración del cumpleaños de Saddam Hussein. Sin embargo, la comida es cada vez más cara y difícil de conseguir debido a las sanciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas contra Irak. Lamia emprenderá una aventura por tierra junto a su amigo Saeed y un gallo llamado Hindi para conseguir todos los ingredientes necesarios y así poder hornear la mejor tarta de crema que se haya cocinado jamás. Pero claro, en el clima político que se respira entonces, lo que parece una simple tarea se acabará transformando en un amargo despertar.
Teniendo en cuenta el panorma político y militar actual (y que, justa e irremediablemente, también ha salpicado hoy la gala de inaguración del festival), es aún más doloroso echar la vista atrás para presenciar los mismos horrores del presente pero veinte años atrás. Hadi pinta un retrato del Irak de los años 90 como una sociedad llevada al límite, simultáneamente atacada por fuerzas externas y maltratada internamente por un líder autocrático que exigía lujos sin cesar. Un horroroso paisaje sobre niños inocentes impulsados a conseguir comida (o bienes de cualquier tipo) mientras se impulsaba un clima de hambruna por parte de un sádico dictador que celebraba sus triunfos mientras sus súbditos sufrían diariamente en las calles. Es la candidez y luminosidad que recorre la película la que hace que me conmueva profundamente con sus sucesos, hasta estamparme de lleno con la crueldad de su epílogo, muy inteligentemente integrado en la barbarie de aquellos años.
Supongo que cuando el mundo arda por completo, no nos quedará otra que sentaros frente a los nuestros a disfrutar de una última partida de nuestro juego favorito.