No sé si el marco de un festival es el mejor lugar en el que proyectarse una serie entera, pero desde luego, mis dos encuentros previos con ellas (‘Antidisturbios’ y ‘La mesías’) habían demostrado sobradamente que sí, siendo experiencias igual de estimulantes que las de un largometraje con inicio, nudo y desenlace. En este caso, se trataba de la autobiografía ficcionada del director, actor y periodista cultural Javier Giner, basada en su best-seller «Yo, adicto», un viaje que explicaba su descenso al mundo del alcohol y las drogas, con su posterior adicción, y la lenta pero progresiva recuperación que le llevó a salvarle la vida. Para el proyecto, ha contado con la inestimable ayuda de un Oriol Pla superlativo, que se entrega por completo en cuerpo y alma a este alter ego de Giner, que no deja de ser él mismo, pero distinto. Su trabajo a lo largo de estos seis episodios es de una precisión alucinante, pasando por distintos y radicales estados de ánimo como alguien que parece haberlo hecho toda su vida. No sería de extrañar que su interpretación sea la más laureada en la temporada de premios. Y con razón.
Junto a él, un reparto coral que quita el hipo: Nora Navas (en un personaje emocionantísimo que te hace saltar las lágrimas con cada una de sus apariciones), Ramón Barea (su escena de unos 15 minutos junto a Pla en el episodio 5, romperá el corazón a más de uno, y hablo con propiedad), Victoria Luengo, Itziar Lazkano, Marina Salas y un sinfín de nombres que conformarán ese entorno profesional y familiar que llevó a Giner a convertirse en una nueva persona en el transcurso de cuatro meses de vida. La serie funciona porque ni romantiza ni estigmatiza la enfermedad, pero si ofrece herramientas continuas para hacerle frente, tanto dentro como fuera del entorno de la adicción, y para cuando quieras darte cuenta, habrás pasado por cuatro de las horas más extenuantemente transformativas que se han visto jamás en televisión.
Who let the dogs out? Who, who, who, who? Pues el tito Francis lo hizo. Y de qué manera. El pase de ‘Megalópolis’ ayer en el Principal es uno de aquellos que no se olvidarán con el tiempo. Desde los rostros de absoluta incredulidad de los asistentes durante los primeros minutos, hasta las continuas deserciones a medida que el metraja iba avanzando, pasando por una especie de performance que todos esperábamos con ansia, y que finalmente se produjo (con aplauso posterior, obviamente), cambiando por completo el tono y ritmo de la propuesta. Era difícil presagiar el tremendo descalabro que terminaría siendo el que probablemente sea el último trabajo de Coppola en vida, y eso que ya veníamos avisados desde otros festivales, pero nada es comparable a la sensación de estar frente a un pantagruélico castillo de naipes, erigido durante los últimos 20 años de manera interrumpida, con los costados mojados y una estructura que se tambalea con cada fotograma que escupe.
Estoy convencido de que ‘Megalópolis’ no es hija de su tiempo, y que será el paso del mismo el que le otorgará el merecido reconocimiento que anhela o la relegará para siempre al ostracismo cinematográfico del que jamás debió salir. El magnum opus personal de Coppola (porque sí, para él lo es) nace de un idea repleta de aristas que son incapaces de congujarse en un todo, entregando así una dispersa, mesopotámica y desbordante novela románico-moderna que hace aguas por todos lados. En ocasiones, parece una película de otro planeta que hubiese aterrizado por error en el nuestro. Es entonces cuando el espectador debe decidir si darle la espalda a esta marcianada perpetrada por un señor de 85 años de edad al que ya no le riega el cerebro, o bien dejarse llevar por ella como el panfleto filosófico de un cineasta (que se encuentra a las puertas de la decadencia y el rechazo) astuto e inquieto. Un octavilla de dos horas y cuarto que debe reevaluarse desde la distancia y con el tiempo necesario para poder ser comprendida. Larga vida (y muerte) a la Nueva Roma.
Ficha Técnica
Título original: Megalópolis
Año: 2024
Dirección: Francis Ford Coppola
Reparto: Adam Driver, Nathalie Emmanuel,
Aubrey Plaza, Shia LaBeouf, Jon Voight…
Un trabajo que sí tiene claro lo que quiere decir y que, curiosamente, debe hacerlo enfrentándose a un idioma totalmente ajeno al habitual es «La habitación de al lado», el último largometraje del cineasta manchego Pedro Almodóvar, que se lanza sin arneses a su primera película (que no corto o mediometraje) con un reparto principal íntegramente anglosajón (y con cameíllos de actores y actrices de nuestra tierra). En este caso, la historia que adapta «The Room Next Door» está inspirada en la novela ‘Cuál es tu tormento’ de Sigrid Nunez, y narra el encuentro entre dos amigas de la infancia que, tras muchos años sin verse, quedan entrelazadas por una noticia terrible para una de ellas: Martha (Tilda Swinton), reporta de guerra, ha sido diagnosticada con cáncer cervical en estado 3, por lo que pide a su amiga Ingrid (Julianne Moore), novelista de éxito, que la acompañe en sus últimos días de vida hasta que la enfermedad terminal la apague por completo. Martha no quiere estar sola en esos compases finales, y encuentra en Ingrid a la confidente necesaria para ayudarle a dar el paso definitivo hacia el otro lado.
Jamás hubiese apostado todas mis fichas a que esta conjunción fuese capaz de funcionar de igual manera que el cine «almodovariano» de finales de los ’80 o principios de los ’90. Ahora mismo, las habría perdido todas. «La habitación de al lado» es uno de los mejores trabajos en la historia reciente del manchego, entregando una preciosa elegía hacia el respeto que debe permanecer tanto en vida como en muerte. En el encuentro entre Martha e Ingrid se respira una dulzura extrema e imposible, que sirve no sólo como conexión de su reencuentro tras tantos años sino como cierre a su amistad y al pasado que las une a ambas. La muerte es inevitable, y aún así, existe una aprensión terrible a enfrentarla de cara. Almodóvar consigue impregnarla de una afabilidad y dignificación absolutas, mientras habla, a través del personaje encarnado por John Turturro, sobre como cada vez es más complicado encontrar la pasión en un mundo hostil y moribundo. Es, tocando con la punta de los dedos el final de un ciclo vital, cuando uno es capaz de ubicar y sentir la felicidad. Arriba la dignidad en la muerte de igual manera que en vida.