Fue la friolera de ocho años el tiempo que le costó a Adam Elliott sacar adelante su segundo largometraje, después de aquella fascinante y arriesgada «Mary & Max». En esta ocasión, vuelve a hacer uso del stop-motion animado para dar cuerpo y alma a otra historia de seres humanos en el vórtice de la soledad, que buscan desesperadamente reencontrarse para que todo su entorno cobre sentido de golpe. Una de las cosas que más fascinantes me parecen del cine de Elliott, es su capacidad para transformar sus relatos dotándolos de una levedad y bonanza realmente cálidas, que en el fondo no hacen otra cosa que tapizar con cierto halo de bufonería, una crónica contundente y teñida de gravedad y aflicción. Es prácticamente un milagro conjugar esas dos caras de una misma moneda y que el proyecto no solo salga adelante, sino que siga funcionando a todo viento.
Seamos honestos, ¿quién sería capaz de reírse a carcajada limpia sobre una historia de niños huérfanos, víctimas de abuso escolar y de la negligencia de unos padrastros swingers? Sobre el papel, parece una historia incapaz de encontrar luminosidad, y sin embargo Elliott, a través de la curiosa figura de un caracol, es capaz de darle una vuelta de 180 grados y encontrar en ella una divertida aventura que a cada minuto que avanza, va adquiriendo un cariza más majareta y atolondrado. Desde un juez al que despidieron de su trabajo por masturbarse a escondidas en la corte, pasando por un adipófilo que encuentra placer en engordar a su mujer a base de batidos y frankfurts de microondas. En esta espiral esquizofrénica de seres sin brújula moral, Elliott es capaz de dar forma a una pequeña travesía entre dos hermanos separados al poco de atravesar la infancia, que poco a poco irán traspasando las barreras de lo inconcebible para poder volver a cogerse de la mano.
Lo que ya no fue tan bonito y esperanzador, es el biopic de Hildegart Rodríguez Carballeira a manos de Paula Ortiz en «La virgen roja». Y por ello no me refiero a que la cinta no entregue imágenes de suma belleza, todo lo contrario. Es a ritmo de procesión como Ortiz va tejiendo un cuento terrorífico en el que las cuatro paredes de un piso bienestante en Madrid, serán el escenario del suceso atroz que conmovió a toda una sociedad (si es que aún existía el término por entonces). La película narra la historia de la propia Hildegart, la primera «niña prodigio», concebida y educada por su rígida madre, Aurora Rodríguez Carballeira. Una cría que a los dos años ya leía y a los ocho empezaba a escribir tesis completas sobre sexualidad femenina. A los dieciséis años, se licenció en Derecho, y se convirtió en la abogada más joven de la historia, para terminar su impresionante número de méritos a tan temprana edad. También militó en el PSOE (y posteriormente en el Partido Republicano Democrático Federal) y fue un estandarte indispensable en la Liga Mundial para la Reforma Sexual.
Pero todo esa cascada de virtudes se ve empañada por una relación autodestructiva con su madre, que la mantiene a ralla del mundo exterior y sólo le permite hablar a través de sus directrices previas. Ortiz va generando un caldo de cultivo cada vez más enmohecido y nauseabundo, y para ello hace uso del espacio, en un piso que parece un laberinto en el que el gato no deja de perseguir al ratón, y por el que este último va escabulléndose como puede a través de pasillos cambiantes y puertas de armario giratorias. Es la buena labor de Najwa Nimri, Alba Planas y Aixa Villagrán la que termina por dar sentido a un relato terroríficamente humano y monstruoso. Como guinda final del pastel, el guión de Clara Roquet. Uno que jamás cae en la trampa de la conmiseración y trata a sus dos piezas centrales como lo que realmente fueron: víctimas de una sociedad oscura y patriarcal.
Ficha Técnica
Título original: Los destellos
Año: 2024
Dirección: Pilar Palomero
Reparto: Patricia López Arnaiz, Antonio de la
Torre, Julián López, Marina Guerola…
Aunque hablando de víctimas, no hay otra que las aborde con mayor serenidad que Pilar Palomero en su último trabajo: «Los destellos». Una película que se atreve a mirar de frente y sin subterfugios al tema tabú por excelencia: la muerte. En este costumbrista relato, una familia deberá acompañar en sus últimos días al padre de la misma, un enfermo terminal al que apenas le quedan horas de vida. Y es que Palomero jamás le ha tenido miedo a las convenciones, y siempre ha buscado dar un salto por encima de la valla que las cubre. Ya lo hizo con la religión en «Las niñas», siguió explorando con las maternidades prematuras en «La maternal» y remata de nuevo con este trabajo que busca abrirnos los ojos frente al deceso. Pero lo hace desde un respeto y una cortesía hipnotizantes.
No todo en ella es perfecto, aun así. En ocasiones, me cuesta conectar con unos personajes tan cerrados, y encuentro complicado conmoverme con un hermetismo tan medido en una travesía que, precisamente, pide fragilidad y calidez a gritos (y en mi caso, únicamente lo consigue en un instante de la cinta en que dos personajes bailan al ritmo del «A tu vera» de Lola Flores). Y aun con esas, Palomero consigue materializar otro tipo de maternidad distinta, esta vez desde los ojos del adulto y no el adolescente, para acercarnos un poco más al buen querer, a la muerte digna y al amor incondicional que sigue vivo tras la marcha de un pedazito de ser. No hay mayor acierto que del título de la novela que adapta: «Un corazón demasiado grande».
Y es ese gran corazón el que permite seguir narrando historias como la de estos tres trabajos, tan radicalmente distintos entre sí, pero tan gemelos en su centro neurálgico: la fragilidad del ser humano.