#72SSIFF (I): Emilia Pérez, Cónclave, La sustancia...

Por DAVID POLO

Septiembre 26, 2022.

La septuagésimo segunda edición del Festival de Cine Internacional de San Sebastián arranca con una de las programaciones más potentes del certamen en su última década, y es por ello que, y si la memoria no me falla demasiado, esta primera jornada ha estado plagada de títulos que traían consigo un cargamento de elogios y veneraciones desde los festivales previos al de la ciudad donostiarra. Jacques Audiard inaguraba mi aventura con su musical narco-queer, una cinta que arrasó en Cannes, llevándose el premio del Jurado, y un galardón compartido a mejor actriz para las cuatro intérpretes que ponen cara y ojos a esta peculiar historia: una Zoe Saldaña que jamás ha estado mejor, una Karla Sofía-Gascón que ha dado la sorpresa interpretando dos identidades como si las hubiese irrigado desde siempre, una irregular Selena Gomez (que pugna con todas sus fuerzas por no sonar incómoda hablando en español) y una solventísima Adriana Paz, que de no haber sido ninguneada por la campaña de promoción de la película, tendría las mismas opciones a ser reconocida que sus tres parteneires. Audiard afronta sin miedo un género difícil de integrar en una historia de estas características, y viendo el resultado (y las reacciones posteriores), parece haber salido ganador.

No es sencillo hablar sobre sueños imposibles, y mucho menos hacerlo en un entorno tan hostil como el del narcotráfico en México. Contra todo pronóstico, el musical del cineasta francés sabe alcanzar el cénit cuando se adentra en la íntima fragilidad identitaria, aunque no siempre funcione en su empeño por integrar la lírica constante en el relato. Audiard es un maestro cuando se trata de perseguir metas que parecen inalcanzables, como en su «Deephan», dónde una ‘familia’ india debía reintegrarse emigrando a un país desconocido mientras aprendían a formar entre ellos un vínculo, hasta ese momento, inexistente. En «Emilia Pérez» nos encontramos frente a un narcotraficante mexicano con una reputación elevadísima que, de un día para otro, decide cambiar de sexo sin que la decisión llegue a oídos de su entorno más cercano (incluidas bandas rivales). Será su abogada quien deba llevar a cabo un sueño que de tan lunático, parece absolutamente improbable. Es a través de la música como los personajes heridos por esa decisión unilateral expresarán sus miedos, convicciones e inquietudes, desdoblándose de manera física y emocional, en una película que, de tan arriesgada, consigue mantenerse de pie tras un triple salto mortal.

Quien quizás no arriesge tanto sea Edward Berger con su «Cónclave», un thriller político (sí, la Iglesia también lo es) enclaustrado entre las cuatro paredes del Vaticano. Tras la muerte del pontífice de Roma, ciento ocho cardenales deberán pasar varios días encerrados en un cónclave para decidir quién debe ser el nuevo sucesor que represente al catolicismo. Si bien la dinámica de esta reclusión parece poco flexible, Berger utiliza un enclave de esas características para tejer su telaraña episcopal y establecer en ella un sin fin de tejemanejes eclesiásticos en forma de peones que buscan convertirse en reina. Si a esas intrigas papales, le sumamos el impresionante score de Volker Bertelmann, que utiliza los pasos de un decano como tambores de guerra, o el manoseo de los escapularios como balas directas al orgullo de ciertos arzobispos, el resultado no es otro que un tenso thriller que busca reflotar su interés cada media hora con un nuevo giro de expectativas imposibles (es especialmente notorio en su truco final, que a ojos del espectador, podría parecer demasiado artificioso y excesivo).

«Cónclave» es lo que podría conocerse como una ‘novela de aeropuerto’ (un término que, para mí, sigue dignificando de igual manera a quienes se atreven a adaptarlo), pero no contento con ser un pasatiempo comepipas, la película también ofrece ciertas lecturas interesantes sobre como debería enfocarse el catolicismo en una sociedad tan velozmente en evolución, y si éste debería permutar también en otras dinámicas menos rígidas y conservadoras. El tira y afloja entre cardenales liberales y derechistas, permite que la batalla interna por el poder adquiera un cariz cada vez más competitivo y relevante, y permite al espectador decidir de qué lado de la historia quiere estar. Aunque cuando se trata de la Iglesia, siempre estemos hablando de una panda de grandísimos hijos de puta.

Ficha Técnica

Título original: The Substance

Año: 2024

Dirección: Coralie Fargeat

Reparto: Demi Moore, Margaret Qualley,

Dennis Quaid…

El bombazo del día, casi tocando medianoche, vino de la mano de Coralie Fargeat, la prometedora cineasta que rompió en dos el último Festival de Cannes con su «The Substance». Un segundo largometraje que la eleva al panteón de los directores con los que la gente peleará por trabajar de ahora en adelante. La premisa es bien sencilla: Elizabeth Sparkle (una Demi Moore colosal), antaña estrella en ciernes, ha ido perdiendo su magnetismo con el paso del tiempo, y ahora sólo se acuerdan de ella para ridiculazarla por sus varices. Tras un accidente de automóvil, uno de los interinos que la atiende en el hospital, le ofrece un producto que puede poner fin a su espiral depresiva y autoindulgente: la sustancia. Un mejunje que, al ser inyectado en el cuerpo, creará un copia de ti, pero mucho mejor: más guapa, más electrizante, más saludable. En definitiva, un clon con todas tus virtudes y ninguno de tus defectos. 

Y hasta aquí todo aquello que pueda desvelarse sin descubrir el pastel de una de las propuestas más radicales y enfermizas que recuerdo en bastante tiempo. Ya no se trata únicamente de un ‘body-horror’ como se la ha descrito por ahí, es que también es un tratado sobre las enfermedades mentales y el demente recorrido por el que somos capaces de hacer pasar a nuestro cuerpo para que no avance de la mano con nosotros. En «La sustancia» todo es gigantesco y obsceno: desde los primeros planos de rostros descompuestos por la energía o la cólera, hasta protuberancias que parecen nacer de lugares en los que sería imposible imaginarlas. El concepto de la cinta parece sencillo y de poco recorrido (es más, en su segundo acto, la película puede quedarse estancada para muchos), pero es en su tercer episodio, el de cierre, donde Fargeat decide dejar abierta la manguera de lo prohibido y se marca una clausura totalmente bestial y chiflada. Es imposible no pensar en ella como en un espectáculo de fuegos artificiales que permita un acto de celebración colectiva en una sala de cine. Sí, probablemente se pasa de rosca (como todo en esta película, ojo), ¿pero quien es incapaz de disfrutar de un imaginario de esas características? Tan extremado, tan contundente, tan impávido.

Yo tengo muy claro lo que haré: verla de nuevo en dos semanas dentro del Auditori del Festival de Sitges, donde estoy seguro de que esa celebración colectiva será titánica (y estará regada en sangre y visceras).