Encarando las últimas jornadas del festival, con el agotamiento asentado ya en el cuerpo, uno espera encontrarse con trabajos que reaviven de nuevo esa energía que poco a poco ha ido disolviéndose a base de carreras entre salas y minutos consumidos entre cuatro paredes oscuras. Es por ello que, en una recta final bastante inusual, el trabajo de ciertos cineastas ha acabado por engullir a sus propios proyectos. Empezando por Ruben Östlund, el flamanete ganador de no una, ¡sino dos Palmas de Oro en Cannes! Y es que su ‘triangulo de la tristeza’ no busca atinar hacia otros espectros sociales que no sigan ligados a la burguesía y el poder, y en otro espectáculo circense lleno de instantes de pura viñeta, vuelve a atizar y ridiculizar la arrogancia y frivolidad que la clase alta pasea con altanería y aparente despiste sobre diversos escenarios de pura galantería camuflada. En este caso, son tres los lugares que deben soportar sus latigazos de ‘justicia social’: el mundo de la moda y sus castings de excesiva superficialidad, los cruceros de lujo que siguen aplicando el modelo amo-siervo y una isla tropical en la que la supervivencia marcará de lleno una lucha de clases por obtener el reconocimiento y el liderazgo.
A estas alturas de la carrera, a Östlund ya le preocupa bien poco hacia quién vayan dirigidos sus dardos de veneno bascular, uno que hace tiempo se difuminó entre su propia imagen y sus proyectos, y que, a poco que se analice con detalle, deja al descubierto una clara situación de vanidad inadvertida que (claramente) le está dando sus frutos. ¿Por qué cambiar el modelo de juicio de sus películas, entonces? En un momento concreto de la cinta, Abigail (la encargada del servicio de limpieza del yate) se erige como una figura autoritaria sobre la que la plebe capitalista debe obedecer si quiere sobrevivir en la isla en la que han quedado varados, revertiendo así el esquema de roles que lleva preestablecido durante los dos primeros actos de la película. No puedo evitar conectar dicho episodio con una necesidad flagrante por parte de Östlund de asegurarnos que aún somos capaces de darle la vuelta a la tortilla si tenemos el suficiente aplomo para modificar el enfoque de nuestras relaciones con la opulenta y fastuosa burguesía, pero se olvida de algo importante: el dinero sigue moviéndolo todo, y nosotros, en un ridículo intento de anarquía, sólo podríamos conseguir que el poder se alzase aún con más fuerza y crueldad. Y él, con sus dos Palmas de Oro reposando sobre la repisa de su lujoso apartamento de dos plantas, seguiría mirándonos a todos por encima del hombro.
Aunque para mirarse a uno mismo con orgullo y cierto aroma de apestosa estimación, ya tenemos a Alejandro González Iñárritu con su ‘Bardo’, el último trabajo del mexicano que regresa a su tierra de origen después de su periplo hollywoodiense (‘Birdman’ y ‘El Renacido’), precisamente para renegar de él y recordarse una y otra (y otra, y otra, y otra, y otra, y otra) vez lo grandilocuente de su figura y la importancia de su propia existencia como un pequeño rédito de lo que aún puede salvar al propio arte de ser sucumbido a exigencias y contratos. El problema quizás resida en su empeño por transformar todo discurso en una galería de imágenes de extrema belleza (y cierta soberbia, no nos engañemos) que no parecen penetrar en ningún otro pensamiento que no sea el suyo propio. Y que queréis que os diga, a mí, personalmente, me ha turboflipado. ‘Bardo’ cargaba con la peor bolsa de críticas y recepción posible antes de su estreno en Perlak, y aún así, ese flete de negatividad no ha hecho más que engrandecer a un soliloquio que, por muy excesivo que sea, esconde una maravillosa (y terrible) purgación del ser, en un intento arriesgado (y que muchos considerarán fallido) de buscar el perdón consigo mismo.
Silverio Gama es el propio Iñárritu navegando por un México natal al que aterra haber decepcionado con su traslado a los EE.UU para conseguir un reconocimiento mayor, y que, en última instancia, jamás le ha llenado como él quiso creer. Se pregunta, o mejor dicho, se deja llevar por ensoñaciones paternales y pesadillas de boulevard, en un sendero que le arrastra de vuelta a sus peores delirios, unas alucinaciones terroríficas que le reconcomen por dentro y que no ha podido expiar como a él le hubiese gustado. Y como Iñárritu no va falto de ego (porque sí, negar eso sería de un fariseísmo total), sólo encuentra la manera de canalizarlo a través de un trabajo cargante y engolado, una divagación estirada hasta límites imposibles. Me parece lógico que un ensayo (por que al final, esto es un prueba y error de manual) de estas características, provoque reacciones tan dispares. No hacerlo sería fracasar estrepitosamente en ese intento de engrandecer su presencia como emblema del cine. Y aunque probablemente sea el propio Iñárritu a quien le duela más ese baño de realidad recibido, volverá a levantarse de nuevo, como Silverio o como Alejandro, para seguir recordándonos que el séptimo arte jamás podría prescindir de su figura. Y a nosotros, aunque nos joda, seguiremos escuchándole.
Ficha Técnica
Título original: Triangle of Sadness
Año: 2022
Dirección: Ruben Östlund
Reparto: Charlbi Dean, Harris Dickinson,
Woody Harrelson, Dolly de Leon…
Para finalizar este triunvirato del ego, cerré mi festival con la reimaginación de la figura de Marilyn Monroe a manos de Andrew Dominik (‘El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’), con la presencia de una Ana de Armas que revolucionó por completo el certamen con su visita al Victoria Eugenia para introducir la película. Una lástima que, teniendo en sus manos una interpretación que únicamente con el rostro y sin articular palabra, es ya de una sensibilidad sobrecogedora, la propia cinta se empeñe con tanto ímpetu en boicotear el trabajo de De Armas, colocándola en un film cruel, con una terrible representación humanística de Norma Jean, la persona tras el mito. Apena presenciar como la forma se come al fondo, en un inexplicable carrusel de estilos y enfoques al que Dominik se aferra para impresionar, y que no hacen otra cosa que deslucir ese infierno viviente por el que arrastra a Marilyn, con el único propósito de arrancarle por completo la bondad, el altruismo y su infinito amor por la vida. Cada pasaje de esta tortuosa senda de la miseria, hunde y despedaza a una Norma a la que realmente jamás se le presentó por delante un día soleado (cabría descubrir si la mitad de cosas que ocurren fueron realmente ciertas).
Con una evidente misogínia que impregna cada pasaje de la historia capitular de Monroe (una en la que, curiosamente, sus tres tramos quedan divididos por los hombres que mantuvieron una relación con ella), Dominik ha creado una radiografía vulgar y explícita a la que intenta recubrir con un forzado manto de belleza artística, pero que, más pronto que tarde, se desmonta para descubrir un relato expositivo, pretencioso y sin compasión alguna. Su brújula moral está hecha trizas, y aunque Ana de Armas haga todo lo posible por intentar reconstruirla con una interpretación hipnotizante, la película ya queda transformada en un recipiente que prejuzga y castiga la ‘locura femenina’, revictimizando de manera exorbitante al icono del pop cultural más reconocible de la historia de Hollywood.
Supongo que no hay nada como una falda al viento para dar carpetazo a la fortaleza innata de una figura trascendental. Mejor centrémonos en sus excesos, ¿no, Andrew?