Soderbergh se ha labrado una reputación gracias a su mentalidad de «uno para ellos, uno para mí», alternando proyectos de estudio de alto nivel con experimentos poco convencionales y a menudo de baja fidelidad. A primera vista, su último trabajo, Presence, una historia de casa encantada escenificada exclusivamente a través del punto de vista de un fantasma, parece caer firmemente en este último campo. Sin embargo, mientras que el concepto invita a un sinfín de tentadoras posibilidades, la adhesión de la película a una trama convencional y poco inspirada hace que Presence caiga en un insípido término medio. La cinta inicia en una casa vacía a las afueras, y establece el punto de vista de su aparición central con una secuencia en la que la cámara de Soderbergh recorre febrilmente las distintas habitaciones mientras sube y baja las escaleras. Es entonces cuando una agente inmobiliaria (Julia Fox) entra en escena, acompañada de unos posibles compradores, un matrimonio acomodado: Rebekah (Lucy Liu) y Chris (Chris Sullivan), y sus dos hijos adolescentes, Tyler (Eddy Maday) y Chloe (Callina Liang). La familia queda inmediatamente impresionada con la magnificencia de la casa antigua y, en un abrir y cerrar de ojos, esta ya está ocupada y amueblada con las pertenencias de sus nuevos residentes.
Presence plantea un escenario clásico, en el que la agitación familiar proporciona un terreno fértil para que un espíritu se manifieste más abiertamente. Pero en lugar de retorcer la idea de que los propios problemas del espíritu reflejen los de la familia en una nueva dirección, o al menos de forma paralela a la concepción formal de la película, el guión de David Koepp acaba conformándose con lo derivado. La falta de originalidad en la historia que plantea el largometraje de Soderbergh acaba por convertir el punto de vista del espíritu en un truco de un solo resultado, especialmente cuando la tensión aumenta en su segunda mitad, en la que, en lugar de sumergirnos en un estado purgatorial y hacernos sentir esa inquietud fantasmal, se conforma con adoptar poses voyeuristas. «I Am the Pretty Thing That Lives in the House» de Oz Perkins utilizó un concepto similar en direcciones más exaltadas, explotandos pozos emocionales más profundos, algo a lo que Presence ni siquiera pretende aspirar.
Exhuma (Pamyo en coreano, literalmente «cavar») inicia en un avión que viaja de Seúl a Los Ángeles, lo que señala tanto el viaje intercultural en el que nos encontramos como el hecho de que esta película sea el billete a Hollywood del guionista y director Jang Jae-hyun. Hwa-rim (Go-eun Kim) y su ayudante Bong-gil (Do-hyun Lee) han sido convocados por el magnate Ji-yong Park (Jae-cheol Kim) para acabar con una oscura maldición que afecta a los primogénitos de su familia, incluido él mismo y su propio hijo. Hwa-rim sospecha de inmediato de un inquieto antepasado, y recurre al veterano geomante Kim Sang-deok (Choi Min-sik) y a su aprendiz cristiano Yeong-geun (Hae-jin Yoo). Juntos deben exhumar el cuerpo del patriarca de Park de su ominosa tumba en la cima de una montaña. En una nación donde el chamanismo coreano, el budismo y el cristianismo conviven entre sí y con otras religiones de países vecinos, los diferentes marcos de fe pueden sincretizarse con un efecto extraño, tanto desfamiliarizando como resucitando los tropos del exorcismo.
En una película en la que las fronteras importan, tanto Hwa-rim como Sang-deok están a caballo entre lo espiritual y lo material. Mientras los profesionales trabajan para acabar con los fantasmas, también los despluman para obtener beneficios. Al igual que estos personajes, Exhuma está dividida en dos mitades que el espectador debe esforzarse por reconciliar: la primera tiene que ver con un malicioso espíritu ancestral, y la segunda -sin spoilers- tiene que ver con la escena inicial, en la que una azafata asume erróneamente que Hwa-rim es japonesa, lo que presagia una confusión que impregnará los fundamentos folclóricos de la película. La propia cinta escarba profundamente para desenterrar una serie de influencias históricas y culturales, revelando así los diferentes horrores que han contribuido a la dividida y atormentada Corea de hoy en día. Exhuma compensa su escasez de sustos con las múltiples capas de rareza que extrae excavando, ya sea a nivel genético o nacional. Eso, y que sus rituales de exhumación supuran una contundencia y emoción poco habituales en una sala de cine.
Ficha Técnica
Título original: Presence
Año: 2024
Dirección: Steven Soderbergh
Reparto: Callina Liang, Lucy Liu,
Chris Sullivan, West Mulholland…
Kiyoshi Kurosawa es un maestro a la hora de mantener un tipo de inquietud inefable, especialmente en el montaje de sus películas de terror. Su reciente Chime, que sólo está disponible en formato digital, resultaba tan inusitadamente inquietante por sus planos largos y fluidos, estrechamente enroscados, que parecían explicarlo todo en el espacio físico al tiempo que revelaban poco trasfondo emocional o espiritual sobre sus personajes. Kurosawa es un poeta empático pero poco sentimental del vacío contemporáneo. Yoshii (Suda Masaki) es un joven que trabaja en una fábrica, donde su jefe, Takimoto (Arakawa Yoshiyoshi), le anima a aspirar a un puesto directivo, mientras mantiene una relación distante con Akiko (Furukawa Kotone). Sin embargo, el pasatiempo de Yoshii es comprar chatarra en tiendas y almacenes de segunda mano y revenderla como artículos de primera calidad bajo el nombre de usuario «Ratel». Como en cualquier sociedad contemporánea, los pilares de Yoshii son el dinero y la tecnología, a los que ve como puertas hacia la libertad. Sin embargo, Cloud se vuelve más figurativa a medida que Ratel domina la vida de Yoshii, provocando protestas en Internet cuando los consumidores descubren que les está engañando, encadenando una persecución de gato-ratón entre verdugo y víctimas.
Cloud es apasionante, pero plantea exigencias cuestionables. Espera que nos resulte chocante descubrir que la gente vende porquerías en Internet, una pose ingenua que Kurosawa no duda en ignorar. Más desafiante, sin embargo, es un giro hacia el surrealismo que provoca el paradójico efecto de hacer que la segunda mitad de la película parezca ordinaria, al menos en comparación con su premonitoria primera mitad y con las películas de Kurosawa en general. Cloud comparte ideas estructurales y estéticas con «Evil does not exist» de Ryûsuke Hamaguchi, lo que resulta intrigante dado que ambos cineastas estudiaron juntos. El último tercio de la cinta se compone casi en su totalidad por un tiroteo bien escenificado y ambientado en el interior de una enorme fábrica que, sin embargo, puede suscitar molestía entre aquellos que esperaban que la exploración cibernética de sus personajes no derivase en un comportamiento frenético que parodia la rabia sin fin que las redes sociales avivan entre sus usuarios. Kurosawa literaliza aquí el engranaje de la furia online y lo entrelaza con la violencia física, desencadenada por traiciones arbitrarias. Mola, pero podría ser mucho más valiosa si se lo propusiese.