Con 13 largometrajes realizados desde 2007 y seis en los últimos cuatro años, el DJ francés convertido a director, Quentin Dupieux, claramente no es un holgazán. No las ha dirigido únicamente, también las ha escrito y editado, además de componer muchas de las bandas sonoras que las integran. Sin embargo, si hay un inconveniente en esta incesante actividad es que todas sus películas tienen tiempos de ejecución muy cortos porque tienden a carecer de desenlaces clásicos, y ‘El segundo acto’ no es una excepción. Dupieux quizás era consciente de este defecto cuando decidió titular así a su último largometraje, aunque no está claro si estaba siendo irónico o no con ello. Lo que es seguro es que este es el primer trabajo que aborda su propia profesión de frente, en una película dentro de una película al estilo Pirandello que se desarrolla como una versión retorcida y escandalosa de «La noche americana» de Truffaut. En ella, una pareja, David y Florence, queda en un restaurante para tomar algo, pero él (Louis Garrel) traerá consigo a su mejor amigo (Raphaël Quenard) mientras ella (Léa Seydoux) hará lo propio con su padre (Vincent Lindon), al que quiere presentar ante su chico. Para más inri, David quiere deshacerse de Florence, de la que claramente no está enamorado, por lo que pide a su colega Willy que la conquiste para que así termine por enamorarse de él y puedan terminar la relación.
Desde este punto de partida tan aparentemente sencillo, la película se transforma en una matrioshka de ficciones que se superponen una a la otra en un ejercicio prosístico que integra a la perfección el artificio y la burla. Es aquí donde resida probablemente la virtud más férrea de la cinta, en la que Dupieux satiriza los egos infalibles de algunas de las estrellas más prolíficas de Francia, el surgimiento de la IA como herramienta de reducción de costos o la llegada tardía de la cultura de la cancelación dentro de una industria podrida por dentro. Por contra, tras dos escenas iniciales realmente divertidas (que suponen dos largos paseos protagonizados por las dos parejas de enamorados y sus acompañantes), la película va desinflándose poco a poco, algo de lo que el cine de Dupieux siempre adolece, hasta terminar en un amargo cierre del que desconocemos si también forma parte de la meta ficción que el director francés ha elaborado. Es una pena que, en el que claramente es su trabajo más político, muchas de sus opiniones camufladas entre disputas teatrales, vayan a quedar enterradas en mitad de una ficción que de tan envuelta en capas y capas, y tal y como profesa su título, no tiene inicio ni alegato final.
La historia dentro de la historia de ‘A Different Man’ me resulta terriblemente trágica. La dramaturga Ingrid (Renate Reinsve) fue una vez la vecina de un hombre llamado Edward. Aquel hombre tenía neurofibromatosis, una enfermedad genética que puede causar tumores benignos en la cara. Era amable, aunque un poco reservado. Luego desapareció. Le dijeron que se había suicidado. Así que ella decide escribir una obra sobre ellos dos en su honor, en la que se caracteriza a sí misma como una especie de manic pixie dream girl benévola, y a él como al ser más trágicamente ingenuo que jamás existió. Sobre el papel, a Edward lo interpretará un hombre sin diferencias faciales que se hace llamar Guy (Sebastian Stan). Guy insiste en que es el adecuado para el papel, que puede aportar algo esencial. El maquillaje escénico puede lograr el resto. Pero aquí está el truco de esta tragicomedia tan oscura, caótica y tensa: Guy solía ser otra persona, un hombre con claros problemas visibles. Un fármaco experimental le permitió erradicarlos y rebautizarse a sí mismo como la persona que es hoy en día, al tiempo que iría difundiendo rumores sobre la muerte de su antiguo yo. Pero la llegada al proceso de casting de un nuevo actor llamado Oswald (Adam Pearson) provoca un cambio radical. Oswald es todo lo que Guy no: carismático, dueño de sí mismo y totalmente imperturbable ante las provocaciones de Ingrid, posiblemente porque sabe que no comparte nada en común con su protagonista más allá de una condición genética.
‘A Different Man’ va superponiendo todas sus ideas para luego inflarlas hasta el absurdo más satírico y mordaz posible. Guy navega por un mundo asaltado por rostros esqueléticos e imperturbables ante la inexistente extrañez para con el distinto, convirtiéndole en un hombre crónicamente incómodo dentro de su propia piel. Aaron Schimberg confecciona un juego de espejos constante (no sólo con Guy, sino con el resto de seres que también le rodean) en el que se pregunta por las identidades que nos creamos como individuos imperfectos e inseguros. ¿Somos quienes creemos ser o quienes nos obligamos a ser? ¿Nos ve el resto de la gente por como nos presentamos ante ellos o nos presentamos como queremos que ellos nos vean? Guy se siente derrotado frente a Oswald, que no siente la conmiseración a la que él sí se enfrentó (o a la que quiso dar la espalda), y aún habiendo cambiado su aspecto por completo, sigue tambaleándose encogido al desplazarse por cualquier espacio y tartamudeando en todas sus intervenciones. Sabe que en el fondo nada ha cambiado, y si lo hizo, fue a peor. Antes se repudiaba a sí mismo a pesar de ser tratado con candidez por su entorno, ahora ni siquiera eso le queda.
Ficha Técnica
Título original: A Different Man
Año: 2024
Dirección: Aaron Schimberg
Reparto: Sebastian Stan, Renate Reinsve,
Adam Pearson…
Ha sido difícil encontrar algo potente entre toda la programación festivalera de la que he estado disfrutando estos días en Sitges, pero las dos películas anteriores son clara muestra de ello. Y sin embargo, la gran sorpresa por ahora vino de la mano de un debutante (en el largo) Enrique Buleo, con su maravillosa ‘Bodegón con fantasmas’, sátira campestre que explora el fantástico desde la cotidianeidad de la muerte y la fe que emana de ella. Su iconografía castiza, unida a su cándida (pero hilarante) inocencia, hacen de ella un pequeño reducto del cine patrio con un enorme potencial para explorar terrenos de la comedia que no pasen por carteles con letras grandes y anaranjadas y fondos generados por IA. Esta película episodica (esta dividida en cinco historias distintas pero ubicadas en el mismo pueblo de La Manca) está íntimamente relacionada con el deceso y las creencias de que éste puede ser modificado a través de dogmas y convicciones contrarias. Un fantasma que vuelve de entre los muertos para realizar una última petición, una pareja que está esperando pacientemente a que él fallezca para ver que hay después de la muerte, un párroco al que le está tambaleando la fe y se encuentra listo para abdicar hasta que se le aparecen dos espectros de repente, una mujer virgen que quiere ser poseída sexualmente antes de envejecer demasiado y una pareja de timadores que quieren sacar tajada económica de la desgracia de una pareja de ancianos que perdieron a sus dos hijas hace años.
Es dentro de ese abanico de excentricidades paganas donde ‘Bodegón con fantasmas’ encuentra su lugar, dando paso a una trágica comedia (porque sí, tras su aparente ligereza, se esconden historias realmente desoladoras) que hará las delicias de todos aquellos que, como yo, se sientan tan atraídos por el imaginario rural y la sencillez e ingenuidad de aquellos que lo habitan. Su humor funciona, precisamente, porque nace de la candidez de un grupo de gente que no ha conocido otra cosa que no sea el emplazamiento de la España vaciada y de los pocos recursos con los que cuentan actualmente a mano. Sus idearios son completamente lunáticos a ojos ajenos, pero totalmente normales dentro del espacio en el que habitan, transformándolos en credos totalmente verosímiles y hasta candorosos. Su única debilidad, y ya estaríamos rebuscando demasiado en sus entrañas, es que al tratarse de historias que encajarían mejor dentro del formato del cortometraje, quizás no se oxigenan lo suficiente como para tener conclusiones que satisfagan a todo aquel que se acerque a ella. Pero eso ya sería una nimiedad más en una vida llena de casas rocosas y campos de vacas.