Qué maravilla lo que conjuga Sachs en THE MAN I LOVE. Un cine prácticamente extinto, entregado a un clasicismo que permite utilizar la música como receptáculo para el volcado de inquietudes, temores, emociones… Esconderse en otro cuerpo para escapar del propio. Ambientada en el Nueva York de finales de los años ochenta, la película sigue a Jimmy George, un actor que se enfrenta a la muerte a causa del sida. Después de ser hospitalizado por una neumonía relacionada con el mismo, Jimmy decide aprovechar al máximo el tiempo que le queda y se propone llevar a escena, en directo y junto a su compañía, The Mechanicals, la obra de Michel Tremblay Once Upon a Time in the East. Hay en «The Man I Love» momentos de una belleza tan delicada y conmovedora que resultan difíciles de describir, en los que Sachs demuestra ser plenamente consciente de la crueldad de una despedida que se alarga en el tiempo, como pequeñas esquirlas despiadadas que no dejan de herir, una y otra vez. Pero el amor es un bálsamo que cura, y la memoria, a su vez, una forma de vida eterna.
Habría sido una de las grandes películas sobre el amor (pasado y presente) si la hubiese protagonizado casi cualquier otro actor vivo en lugar del tortuosamente afectado Rami Malek, siempre tan necesitado de elogios. Las sutiles pistas que vamos recibiendo sobre la vida de Jimmy (Malek) adquieren una dimensión completamente extraordinaria cuando uno se da cuenta de que ese animal herido está intentando encontrar al hombre al que ama. Tanto en sentido figurado como literal. Tiene sentido que Jimmy reaccione de forma desafiante ante la enfermedad que está acabando con su vida, dado que las consecuencias de sus actos dependen en todo momento de que los demás decidan perdonarlo o, por el contrario, le permitan seguir adelante.
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Tras el elogiado debut con Suro, premiado en San Sebastián 2022, Mikel Gurrea vuelve al festival con su segundo largometraje, rodado en Barcelona, en el que aborda el drama de una mujer que, por un lado, se va despidiendo de su madre gravemente enferma y, por otro, empieza a trabajar con una banda especializada en el robo de figuras religiosas. Lali (Victoria Luengo) hace lo que puede para atender a su madre Gloria (Ariadna Gil), que ya tiene un pronóstico irreversible. La lleva a la sanidad pública, cuando puede contrata a alguien para que la cuide en la casa, debe procurarle morfina y acompañarla en esos últimos momentos en los que suelen surgir confesiones que desconocemos si son verdaderas o están contaminadas por cierto delirio. En ese contexto no precisamente estimulante, la protagonista logra contactar con Rosario (Eulàlia Ramón), quien forma parte de un grupo dedicado a la comercialización de históricas figuras religiosas robadas en las iglesias.
La película ha sido completamente vilipendiada en el marco de la Sección Oficial del festival (algo que no ocurrió con Suro, que logró una recepción diametralmente opuesta), pero yo sí veo en en ella un trabajo interesante que se aleja del concepto tradicional del cuidador conocido para volcarlo en el ajeno, transformando esa noción en una heist movie arrapada a un misticismo que juega como policía a las sombras de un grupo de ladrones capitaneados por una nigromántica (que rezuma ese aire de mafiosa impasible y entumecida por el mundo al que pertenece). Si bien es cierto que no descubre nada nuevo, «Sants» me ha hecho reflexionar sobre el simplismo que muchas veces rodea a la SO de Donosti, y como el que, en esta ocasión, el necesitado sea una joven cometiendo fechorías en lugar de un pastor checoslovaco al cargo de ocho vacas en un prado desértico, y creo que solo por eso, el resto de la competición debería, como mínimo, sonrojarse al verla.
Ficha Técnica
Título original: The Man I Love
Año: 2026
Dirección: Ira Sachs
Reparto: Rami Malek, Tom Sturridge,
Rebecca Hall, Ebon Moss-Bachrach…
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Y casi en el tiempo de descuento, llegó la gran joya del festival para mí: LA ILUSIÓN DE UN VERANO SIN FIN. Un documental argentino que me ha arrasado por completo. Filmada a lo largo de 25 años, la aclamada fotógrafa Alessandra Sanguinetti sigue las vidas de dos primas inseparables (Beli y Guillermina) en el entorno rural argentino. Lo que comienza como un juego infantil de fantasía acaba convirtiéndose en un profundo estudio colaborativo sobre el paso del tiempo, la memoria y la condición de ser mujer. En uno de los momentos de la cinta, Guillermina suelta «Por qué no nos quedamos chiquititas?», temiendo que el tiempo siga corriendo y las arrebate esa infancia que parece inacabable. Y es que en «La ilusión de un verano sin fin» se exploran aquellas posibilidades que la vida se llevó, pero que han quedado litografiadas tras la lente de una videocámara. El futuro siempre fue el pasado.
Un retrato fascinante, encantador, divertido y de una belleza visual deslumbrante, pero también devastador -y al mismo tiempo lleno de esperanza- sobre la infancia, las relaciones, el envejecimiento y el paso del tiempo. Una transformación real y honesta: desde los disfraces y los juegos de infancia hasta la frustración de los primeros años de la edad adulta, llegando finalmente a un equilibrio agridulce entre ambos espectros. Probablemente la vida nunca vuelva a ser la misma que en aquellos recuerdos de una infancia inocente, pero el amor seguirá presente a medida que pase el tiempo, aunque solo sea a regañadientes. Retazos de una amistad que parecía infinita, y que situacionalmente fue resquebrajada hasta sus cimientos. Unos que el pesar del futuro no ha conseguido quebrar aún, y es que, como bien dice de nuevo Guillermina «capaz que aunque ya no nos hablemos tanto, Beli y yo seremos hermanas de por vida». Y eso es lo que la mera existencia jamás debería arrebatarnos.