#74SSIFF (II): Fatherland, Ruega por nosotras & La Bola Negra

Por DAVID POLO

Septiembre 22, 2026.

Pawel Pawlikowski se alzaba con el galardón a la mejor dirección (compartida con los Javis) en el pasado festival de Cannes, tras presentar allí su tercer largometraje: Fatherland. Quien sea conocedor de su obra previa («Ida» y «Cold War»), sabrá de su inclinación por el blanco y negro que tiñe de melancolía todas sus historias. Esta no es una excepción. Entiendo el distanciamento que pueda provocar FATHERLAND (estructura de una gelidez estremecedora), pero es imposible no quedar absorto por Hüller y Zischler, radiografiados como el remanente quebrado y en movimiento de una guerra eterna. La película reconstruye de forma ficcional y muy condensada, un episodio de la vida del Premio Nobel de Literatura, Thomas Mann. En 1949, éste viaja a Alemania para recoger el Premio Goethe, primero en Frankfurt y después en Weimar. En sus discursos de agradecimiento, reivindica una Alemania distinta, una Alemania que no esté embriagada de muerte. Su hija Erika, que en realidad no acompañó a su padre en aquel viaje, aparece aquí como su apoyo y contrapunto.

Y es ahí donde se manifiesta una de las grandes contradicciones que plantea la película. Mientras en sus discursos sobre Goethe, Thomas Mann invoca la humanidad, la dignidad y los ideales que deberían definir al hombre, en la intimidad se revela frío, distante e incluso cruel. «Fatherland» se convierte así en una reflexión especialmente interesante sobre el papel del intelectual frente a la sociedad y el Estado, pero también sobre la distancia que puede existir entre las ideas que defendemos en público y la manera en que nos comportamos en privado. Al fin y al cabo, es una película de intelectuales sobre intelectuales. Hay escenas en ella que me parecen magníficas, pero muchas otras resultan, sencillamente, ásperas y difíciles de abordar. Pawlikowski logra exponer unas observaciones poderosamente solemnes y afectadas acerca de «los vencedores» sentados entre ruinas, sobre el individuo desgarrado entre dos sistemas que no tiene más remedio que seguir recurriendo al lenguaje, aunque sea imposible encontrar palabras para expresar lo que acaba de ver y experimentar.

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Reconozco no ser plenamente conocedor de la historia de las mujeres del Patronato de Protección a la Mujer hasta hace bien poco, y es por ello que, al conocer la estremecedora verdad acerca de ellas, sólo pude pensar en la necesidad de que una voz femenina pudiese dar luz a tan escalofriante suceso en la historia reciente de nuestro país. Por el contrario, en «Ruega por nosotras», me encontré con una historia narrada desde el prisma masculino (no solo en la dirección de Monzón, sino en el guion de Guerricaechevarría) que reduce la tragedia a un simple telefilm que no sabe demasiado bien si quiere ser un drama histórico, una fábula de sororidad queer o una comedia disparatada con una villana de cómic totalmente desquiciada. Y es que uno no puede evitar pensar que con semejante material entre manos (y teniendo en cuenta que, según contó el equipo previo a la proyección, varios estudios rechazaron la propuesta por miedo a trasladarla a la pantalla grande), no era necesario más que un fiel reflejo de dicha fatalidad, que el terror hablaría por si solo sin necesidad de recurrir a giros melodramáticos más propios de un episodio de Puente Viejo.

En esta ocasión, la cinta sigue los pasos de Ana María (encarnada por Zoe Bonafonte), una joven «rebelde» (nótese el entrecomillado) que es enviada al Patronato por sus padres para ser reencauzada en la sociedad. Allí conocerá a otras chicas con su misma desgracia: Sole (Manuela Calle, claramente la MVP de la peli para mí), Pilar (Carla Domínguez) y Marife (María Gandiaga), con las que establecerá un vínculo inesperado mientras resta a la espera de poder abandonar el internado a la mayor brevedad posible. A cargo de todas ellas está la Hermana Socorro (Adelfa Calvo), un trasunto de enfermera Ratched que cada vez se irá transformando un poco más en una especie de diablo enajenado que busca hacerle la vida imposible a las mujeres allí atrapadas. Quizás no me creáis si os digo que «Ruega por nosotras» goza de un mix entre «Los Domingos», «La gran escapada», «Prison Break», «Benedetta» o «El mundo es nuestro», pero así es. Y es probable que por ello me enfade tanto que una película que debería quedar grabada en la memoria histórica, simplemente resulte ser otra propuesta de domingo por la tarde. 

Ficha Técnica

Título original: La Bola Negra

Año: 2026

Dirección: Javier Calvo & Javier Ambrossi

Reparto: Guitarricadelafuente,

Miguel Bernardeu, Milo Quifes,

Carlos González…

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Hablando de memoria histórica, la que sí logra un retrato fiel y respetuoso de la misma es «LA BOLA NEGRA». Lienzo queer de gargantuescas proporciones, devorado por su ambición y regurgitado de nuevo para su disfrute festivalero. Delicada, fidedigna y trascendental. Plomiza, voluble e irregular. Pero claro, ¿qué gran obra cinematográfica no ha sido siempre todo eso? La cinta se divide en tres piezas de la historia de España, que buscan desentrañar qué hay detrás de la obra inacabada de Federico García Lorca. Después de un prólogo excelso a lo Salvar al soldado Ryan —la guerra es el infierno, pero también es espectáculo—, llegamos a un rótulo que va pasando por fotografías antiguas mientras algunas de las figuras que aparecen en ellas, están resaltadas con rotulador rosa. El mensaje está claro: la disidencia sexual ha sido borrada de la historia y es responsabilidad nuestra desenterrarla. Hay algo que sobrevuela por encima de la historiografía, la memoria y el archivo que se dejó de la misma. Pero… ¿qué historias, exactamente, nos obligan Los Javis a exhumar? «¿De qué lado estás?», pregunta alguien. El soldado homosexual responde: «De los nacionales; ellos me pusieron el fusil en las manos». El arma parece ser para él algo apolítico, del mismo modo que la cámara lo es para sus directores.

Los Javis le presentan como a una víctima de las circunstancias, atrapado en el lugar y el momento equivocados, sin pensamiento propio ni ideología alguna. Lo separan cuidadosamente de toda la imaginería del fascismo, como si quisieran exonerarlo, y nos invitan a fingir que su uniforme es literalmente eso, un simple disfraz, en lugar de la manifestación externa de un sistema al que —consciente o inconscientemente— pertenece. El falangismo se vuelve así tolerable porque el homosexual que se esconde bajo el uniforme es un rostro en blanco sobre el que podemos proyectar nuestra simpatía. La película termina reconociendo los avances logrados en materia de derechos LGTBI desde 1937: «Tu abuelo estaría tan feliz de verte con un novio». Pero, para Los Javis, eso parece ser prácticamente lo único que merece celebrarse: la disidencia sexual convertida en algo digerible, aceptable y amable. La victoria de la historia queer consiste en poder tener una relación.

Sin embargo, y a pesar de todo ello, hay algo irresistible en la manera en que Los Javis mezclan una sensibilidad rabiosamente contemporánea con las formas del cine clásico. El resultado tiene una potencia casi embriagadora, como un recordatorio de que el exceso, la exuberancia y el maximalismo visual no tienen por qué ser patrimonio exclusivo de los grandes espectáculos de Hollywood.