#74SSIFF (I): Teenage Sex and Death at Camp Miasma, Hope & Ceniza en la boca

Por DAVID POLO

Septiembre 21, 2026.

Que nadie se me enfade, por favor (¡que la peli está super bien!), pero no puedo evitar que me hostilice un poco que Schoenbrun siga manejando magistralmente la mezcolanza de tiempos (sus anhelos vetustos a través del granulado televisivo son siempre una completa delicia) mientras se despieza poco a poco para dar paso a la convencionalidad. Miasma es la bomba y se mueve a toda velocidad. Si la alejamos de su autoría es casi uno de los mejores conatos del slasher gen beta de los últimos tiempos. Pero claro, es complicado separarla de los trabajos previos de Schoenbrun: esas filigranas insolubles que jugaban con presente y pasado (y por ende, con realidad y ficción) y que permitían cohabitar a la curiosidad y el repudio.  Piezas insondables que se resignificaban con cada visionado posterior. No quiero insinuar que Miasma sea incapaz de lograr ese mismo efecto, pero desde luego juega con una baraja de cartas que bebe de otras partidas (Pesadilla en Elm Street, Campamento de Verano, Scream, Halloween… incluso Psicosis). Y si bien sus homenajes funcionan con una precisión clínica, la convierten en el trabajo menos inspirado (y desde luego, más idiotizado) de Jane Schoenbrun.

Por mucho que me lo haya pasado en grande con sus falsas referencias a una franquicia slasher —el diseño de Pyramid Head en la rejilla del techo de Little Death, los créditos iniciales con ese merchandising de R.E.M. hecho a mano— y con su sátira de la industria a lo «Fright Master Wes» Craven (lo de la llamada de Zoom, jajaja), gran parte de su particular sentido del humor me resulta lejano, y sus intentos de ironía demasiado obvios. Y todo eso choca un poco con esa aspereza, honestidad y sensación de estar profundamente herido y atormentado que, por lo demás, intenta alcanzar. Ya lo siento, esperaba que me volase la cabeza, igual que lo hizo Casey al adentrarse en el World’s Fair Challenge, o cuando Owen revisionaba una vez más otro episodio de The Pink Opaque. Pero no ha sido así. Eso sí, larga vida a Einbinder y Anderson. Son las mejores personas del planeta tierra.

Hay que ser justo y aceptar que HOPE peca de alargarse hasta la extenuación, pero, ¿sabéis qué? Que da igual, porque sus 157 minutos son puro kaijū westernizado (¡un turboflipe!). Thriller onomatopéyico completamente enajenado. No solo copia parte de la escala y el vocabulario visual del blockbuster de Hollywood, sino que además articula sus escenas de acción alrededor de una trama, un tono y un grupo de personajes tan disparatados como los de cualquier shonen. La cosa se vuelve un poco más absurda cuando por fin vemos en todo su esplendor a esas criaturas mezcla de Na’vi y Attack on Titan, por no hablar de las interpretaciones (es hilarante como de en serio se toman a sí mismas) o de su lenguaje y mitología completamente incomprensibles. A las señoras vascas les saltará la peluca.

Quizás, donde la película más desfallezca es en ese tramo final (que además parece insinuar que una segunda parte está en camino), donde la acción ya empieza a sentirse como un bucle de balas, sprints, y CGI chusquerísimo. Alcanzado ese punto, uno solo puede dejarse arrastrar por un sentido del humor completamente liberado, que permite a sus personajes romper los límites de la verosimilitud (la escena del hombre tapándose la boca y oliendo sus propias desposiciones líquidas me ha parecido excelsa) y conseguir nuevos delirios humanistas. Es curioso que uno pueda seguir pegado a la silla tras dos horas y media de observar la misma secuencia repetirse en escenarios distintos: la gente corre, el monstruo los persigue, alguien sale despedido contra algo, alguien dispara, alguien vuelve a levantarse, el coche acelera a toda pastilla, la criatura les persigue enajenada, etc… rinse and repeat. Y sin embargo, de formalizarse esa secuela (dios quiera que no), seré el primero en pagar la entrada.

Ficha Técnica

Título original: Teenage Sex and Death at 

Camp Miasma

Año: 2026

Dirección: Jane Schoenbrun

Reparto: Hannah Einbinder, Gillian Anderson,

Jasmin Savoy Brown, Jack Haven…

Diego Luna entiende a la perfección el reverso decrépito del expat en CENIZA EN LA BOCA: la precariedad del inmigrante, la decadencia de su estancia, la pobreza económica teniendo multiempleo… ojalá hubiese mantenido ese concepto medular hasta el final. El cuarto largometraje del director mexicano arranca con un prólogo en el que una madre (interpretada por Adriana Paz) se despide de sus hijos para coger un taxi y desparecer sin mirar atrás. Tras un salto temporal, descubrimos que realmente no se produjo un abandono, pero si se cristalizó un estilo de vida que Lucila, su (ahora) hija veinteañera, ha replicado al milímetro. Arrastrándose por la metrópoli madrileña, la joven va saltando de un trabajo a otro, buscando una remuneración casi insultante para ayudar a mantener al pequeño de la casa, un problemático adolescente que prácticamente no verbaliza nada de lo que le ocurre, haciendo que la tensión entre madre e hija se vaya extendiendo hasta el colapso. Es entonces cuando Lucila (una magnífica Anna Díaz) manifiesta el trauma de aquella noche y lo reproduce paso por paso.

Empieza entonces una segunda película, esta vez encuadrada en las calles de Barcelona (kudos a Luna por conseguir que parezca un paraje baldío del tercer mundo, pocas veces había presenciado a mi propia ciudad tan gris, triste y despoblada) en la que la tesis de la cinta se multiplica al cubo: ahora el inmigrante se queda solo, y lo único que lo vincula al lugar de recibida es una batalla por aguantar y seguir vivo. Y por si eso no fuese suficiente, «Ceniza en la boca» se guarda un tercer acto bajo la manga, esta vez en la ciudad natal de Lucila: México. Y ahí es donde residen los principales problemas de la película: su propensión a subrayar la indigencia, creerse un sociodrama sensible pero ser realmente distante, la escasez de instantes luminosos (y los pocos que hay son casi imperceptibles), la carencia de humanidad… Sí, la cinta de Luna radiografía a la perfección la experiencia de ser un extraño en tierra extraña, pero no parece aterrizar de pie en su cometido.