#73SSIFF (II): Los Tigres, Urchin, La Grazia...

Por DAVID POLO

Septiembre 21, 2025.

Con «Los Tigres» iniciaba mi incursión en la Sección Oficial de este año de la mano del cineasta andaluz Alberto Rodríguez. La premisa inicial, capitaneada por unos tremendos Antonio de la Torre y Bárbara Lennie, no podía ser más suculenta: dos hermanos buzos que llevan dedicándole la vida entera a la profesión, se ven envueltos en un microclima de bajos fondos criminales, cuando deciden ir contra las normas de lo establecido y ganar dinero rápido (y de manera fácil) para poder alejarse del mar cuanto antes. El tiempo apremia, puesto que Antonio (el personaje del mismo nombre que interpreta De La Torre) sufre de una enfermedad degenerativa que le impedirá sumergirse bajo agua durante mucho tiempo más. Un thriller bastante más humanista que el de los encuadres a los que nos tiene acostumbrados Rodríguez, con una capa sumergida de drama social que salpica las vidas de esta pareja errática que trata de levantarse todas las mañanas intentado cagarla un poco menos que en la jornada anterior. 

El principal problema de «Los Tigres» (y quizás la que para muchos, por el contrario, sea su virtud) es que ese prometido frenetismo angustioso que tarde o temprano suele asfixiar todos sus trabajos, llega demasiado tarde, y cuando lo hace, es casi imposible volver a conectar con una historia que alcanza su final de manera abrupta. Es curioso como en la película se produce un efecto espejado en el que Alberto Rodríguez se sumerge una y otra vez en busca del cénit febril de sus años dorados, pero del que siempre regresa a la superficie sin haberlo alcanzado. Es un estoico esfuerzo por parte de todo el equipo por configurar un thriller dentro de las comodidades y mundanidad de un trabajo sucio y mal recompensado, pero siento que, lamentablemente, se queda corto. Si algo debe ensalzarse por encima del conjunto, es la precisión y excelsitud de sus escenas acuáticas, que están rodadas como dios en un espacio poco generoso para la emoción. Y la sensibilidad con que se esboza la predominancia y cuidado de una mujer atrapada en un mundo de hombres.

No se hizo esperar demasiado el éxtasis: Urchin se convirtió para mí en la primera gran película de este #73SSIFF. El debut tras las cámaras de Harris Dickinson es absolutamente excepcional. En él, le seguiremos los pasos a Mike, un joven sin hogar que deambula por las calles de Londres intentando averiguar la manera de poder abandonarlas. Su éxito es limitado, pues la violencia y la adicción suponen un peón mucho más fuerte a derribar, por lo que sus pequeños triunfos pronto pasarán a ser también derrotas. Cada nuevo comienzo puede ser potencialmente otra recaída. Consciente de la situación, Mike (un Frank Dillane magistral) intentará ir agarrándose a ellos como si fuesen el último pico de ketamina que le queda por degustar. La intención de salir limpio está, las ganas también, el esfuerzo es palpable… pero el imán de placer que el alcohol y las drogas ejercen sobre él, le arrastra con más fuerza que nunca. Es ese erizo de mar cubierto por una membrana que despliega sus púas cuando más vulnerable se siente. Un ciclo venenoso y cílico que nunca parece tener fin. 

Dickinson configura un film extraordinario, con una sensibilidad extrema que nutre y destruye a partes iguales. Ese retrato (des)esperanzador sobre una generación que busca romper con la caída al abismo pero es incapaz de alcanzar la salvación me parece fascinante. Utilizar esa ventana de privilegio para sumergirse el fango y desglamurizar el futuro juvenil es una estrategia no solo brillante, sino plenamente certera. Es por ello, que, aún conociendo el riesgo que supondría incluir las escenas más alejadas del realismo social de su propuesta, aplaudo con vigor ese arrojo hacia lo surreal y onírico, clara ejemplificación de las patetizantes recaídas de un ser tremendamente imperfecto. Me gusta el tono, las formas y el riesgo, y agradezco que partan de alguien con esa creciente popularidad en lo últimos años. Estoy muerto de ganas por saber qué mas tiene que ofrecernos tras las cámaras el futuro John Lennon.

Ficha Técnica

Título original: Urchin

Año: 2025

Dirección: Harris Dickinson

Reparto: Frank Dillane, Megan Northam,

Diane Axford…

Y venimos de la que, para mí, es la propuesta más interesante del festival por ahora a la que me ha generado mayor conflicto tras su visionado. Una polarización que me encanta repensar, diseccionar y debatir, pero que no está exenta de sus flaquezas. Estoy hablando de «La Grazia», el último largometraje del director italiano Paolo Sorrentino. En ella, vuelve a cogerse de la mano con su trébol de cuatro hojas, un apoteósico Toni Servillo (que no vaya a arrasar en premios este año es una de las mayores tomaduras de pelo que deberemos soportar) que encarna a Mariano de Santis, un (ficticio) político demócrata, humanista y cristiano que, en mitad de la República Italiana, empieza a cuestionarse varias decisiones importantes (entre ellas, la aprobación de una ley de eutanasia) que le generan muchas dudas. Un dilema moral que irá planeando sobre su renqueante mandato, cada vez más cercano al fin, con una pregunta que sobrevuela sus pensamientos: «¿de quién son nuestros días?»

Qué película más curiosa ha confeccionado Sorrentino con «La Grazia». Si bien podría tratarse de su película más deslenguada y divertida (la sala ha arrancado a carcajadas en incontables ocasiones), también es su trabajo más árido y consumido. Funcionará a las mil maravillas con el público que asista a verla porque, en el fondo, es una cápsula antibiótica contra el irrespirable clima político que sobrevuela cualquier estado moderno, y porque, en esta época de tantísma violencia gubernamental, una película como esta era justo lo que se necesitaba. Esperanza en nuestros líderes, confianza en sus decisiones, respeto en sus actos. Algo que parece marciano e imposible es reapgrupado por Sorrentino para crear un imaginario político de una sensibilidad extrema. Es quizás por ello que, tras decidir alejarse de onirismos y ensoñaciones, este sea quizás su trabajo más accesible y solemne (no me atrevo a decir el menos arriesgado, porque no lo es), y a la vez el más arisco e impenetrable. Reconozco que he salido descompuesto de verla, porque esperaba que la verdad solo existiese en sueños, en utopías inasequibles, y no en una realidad tan palpable como la de ese bondadoso y competente Mariano de Santis.

Que algún día podamos ver juntos las de Sorrentino.Que los hombres de este nuevo mundo lloréis bien tranquilos.